martes, 4 de octubre de 2016

La ginecocracia y la destrucción del hombre a través de la ideología de género.




                                                                       


La ginecocracia, efecto de esa dictadura de género que forma parte de la ingeniería social que en la actualidad padecemos, es un elemento fundamental de ella. Esta  estrategia se está aplicando  muy especialmente en los países occidentales. Todo esto lo está desarrollando la elite oscura para acabar con la sociedad natural- tradicional e imponer otra que sea esclava de ellos y de su dios-Satán.
Para poner fin a la familia, unidad básica sobre la que se sostiene la sociedad, en primer lugar se han propuesto acabar con la complementariedad de los sexos y levantar entre ellos un muro de desconfianza y oposición, ya que de este modo resulta imposible la fundación de la familia y en consecuencia el desarrollo de la sociedad.

                                                    
 El enfrentamiento entre los sexos no es un fin en si mismo sino un paso necesario para acabar con esa sociedad  humana levantada entorno a unidades naturales y orgánicas de convivencia. De este modo  posteriormente la familia seria sustituida por meras agrupaciones de individuos carentes de vinculación e identidad, es decir  daría paso a una “sociedad” absolutamente maleable y sometida a una concepción alejada de lo humano y del orden natural y divino.

Ahora que conocemos la estrategia que lleva a cabo la élite y el fin que persiguen, controlar y subvertir la realidad social, hemos de referirnos a cuales son y cómo se aplican  los métodos para  acabar con la complementariedad  de los sexos y desarrollar esa guerra que es la dictadura de la política de género.

 Nadie que observe con un mínimo de espíritu crítico y con una capacidad de análisis libre del pensamiento  políticamente correcto podrá negar que se están desarrollando legal, social e incluso interpersonalmente toda una serie de medidas y actitudes que van encaminadas a levantar un muro separador entre ambos sexos mediante la suspicacia y desconfianza entre ambos.
La influencia política y la introducción del pensamiento feminista  en el planteamiento general de lo políticamente correcto ha llevado a que la figura del varón sea considerada socialmente poco menos que agresora y que esta consideración se haya plasmado en la legislación considerando al hombre como culpable a priori, y esto se ha concretado en las leyes de modo que se invierte la carga de la prueba y no es la denunciante la que ha de demostrar la culpabilidad del denunciado sino  que es el denunciado quién ha de ha de demostrar su inocencia, es decir en el caso de las denuncias por maltrato, ya sea físico o psicológico, desaparece la presunción de inocencia y se instala la presunción de culpabilidad del varón que ha sido denunciado.

                                                          

Todo esto es consecuencia y derivación lógica de una ideología de género perfectamente  planificada dentro de la  estrategia antes señalada.
Esta ideología de género se basa en una visión marxista, en la cual la lucha de clases que señala Marx se sustituye por un enfrentamiento entre los sexos, una lucha por liberar a la mujer que supuestamente  es sometida y esclavizada por el varón sirviéndose principalmente de la maternidad, de la familia y del matrimonio.
A nivel social nos encontramos con que se están llevando a    cabo campañas institucionales,  guiones cinematográficos y teatrales, además de obras literarias y de todo tipo en el que el sector masculino aparece siempre como el agresor y explotador en las relaciones de pareja.

                                                             

Por el contrario la mujer de principio es considerada dentro de la pareja siempre como la víctima, de hecho las denuncias falsas, aunque se escondan tras la denominación de sobreseídas o no admitidas a trámite, no llevan aparejado tipo alguno de sanción penal o administrativa. Y no para ahí la cosa puesto que la custodia de los hijos es casi automáticamente adjudicada a las madres. El padre no puede decidir sobre la vida de los niños en el caso del aborto, contra el cual estoy, pero en cambio caso de que nazca ha de pagarle una pensión a la mujer por ese hijo sobre el que sólo puede decidir la madre.

Pero con ser transcendental todo lo que acabamos de referir lo son más si cabe las consecuencias conductuales y psicológicas que  esta discriminación y culpabilización  provoca en el varón y en la relación de pareja en general.
Esta cosmovisión que transforma la realidad sexual, que no se reduce exclusivamente a lo genital o físico, en una mera opción afectiva determinada por cuestiones de tipo social lleva a que los hombres, pertenecientes al considerado sexo opresor, lleguen a verse a sí mismo como culpables de agresión hacia la mujer, siendo así que  el varón  acaba por ver las actitudes y comportamientos masculinos como negativos y mantener unos comportamientos y actitudes alejadas de la masculinidad, y lo que es peor culpabilizándose de las pulsiones naturales y las directrices comportamentales que la misma naturaleza les marca. De este modo aparece en el varón un cierto desconcierto al encontrarse con unas pulsiones naturales internas y un tipo de conducta que la misma sociedad, especialmente las mujeres, juzga como negativas.

                                                           

 Para más inri el varón encuentra que cuando desarrolla esa conducta refrenada y suavizada ve que gran parte de las mujeres terminan optando por esos hombres que se suelen denominar como “chicos malos” o “canallas”. Llegados a ese punto el varón se encuentra totalmente perdido en un mundo que no reconoce y que le frustra la par que le desnaturaliza.

Es esto a lo que me refiero con ginecocracia, las leyes someten al varón, la ideología imperante lo culpabiliza y las relaciones con el sexo opuesto lo desnaturaliza y desprecia.
No es extraño que las tendencias conductuales, la moda y los referentes masculinos televisivos sean cada vez más andróginos y afeminados.  Pero todo esto lleva a la desaparición de la caballerosidad, al amor cortés y a la desaparición de cualquier muestra de afecto masculino, que suele ser tachado de comportamiento machista. De ahí deriva un afeminamiento y una androgina fruto de la perplejidad masculina que crea la ingeniería social.

                                                           
La reacción a todo este sinsentido es la generación de la más grosera de las relaciones entre los  sexos, que podemos ver en el reggeton, en que la mujer, vaciada de su feminidad por considerarla muestra de sumisión, se convierte en mero objeto, o en lo que acontece por ejemplo en los San Fermines, donde la mujer  se muestra como objeto sexual pero a la par exige que el hombre prescinda de las pulsiones sexuales.

                                                        

La ginecocracia es un paso más para destruir la familia y someter a la sociedad humana, y para lograr ambas cosas primero ha de corromper la profunda realidad del ser humano.

No hay comentarios:

Publicar un comentario